Me miraste a los ojos, limpiamente,
con ese tenue azul conque me miras,
dibujaste en el aire las espiras
de tu verdad desnuda, transparente.
Y borraste del aire las mentiras
y pintaste en los ojos una fuente
cegadora de todo lo indigente,
bastión de mis engaños y mis iras.
No me ofrezcas el alma en una tarde,
date cuenta que en un instante arde
igual que un fuego fatuo, la arboleda;
guarda un poco del alma en tu vereda,
vuélvete menos franca, más cobarde,
si das entera el alma, ¿Qué te queda?
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