Por no gritar su nombre
cuando el pájaro negro
le cubrió con su sombra
y le lanzó al silencio,
por no gritar su nombre
que me ardía en el cuerpo,
me abrazó la impotencia,
me venció el desaliento.
Por no gritar su nombre
cuando un hado siniestro
le arrebató del aire
y le apartó del tiempo,
por no gritar su nombre
que me ardía en el cuerpo,
lloré lágrimas negras
sobre un negro desierto.
Si es verdad que una aurora
enciende un cielo negro,
que afortunadamente
el dolor no es eterno,
será porque la ausencia
es página del tiempo
que marchita igualmente
la piel y los recuerdos.
O será que ese Amigo,
el del terco silencio,
el que parece ausente
del cotidiano empeño,
me apretaba la mano,
me infundía su aliento,
y no grité ese nombre
que me quemaba dentro.
Él me ayudó en el trance
doloroso, tremendo,
desconcertante, absurdo,
inevitable, necio;
Él me secó las lágrimas,
apaciguó mi miedo...
y no grité ese nombre,
le despedí en silencio
viernes
POR NO GRITAR SU NOMBRE
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