lunes

EL ASILO


Se asomó
por la oscura ventana al jardín
y me vió
y su pálida sombra yo vi,
me abrazó
y su resto de vida tomé,
y lloró
y en sus brazos cansados lloré.

No me habló,
lo que fuera a decirme, no sé,
me miró,
¡qué hizo el tiempo contigo, mujer!
se marchó
arrastrando su pobre vejez,
su dolor
de estar sola por última vez.

Esas sombras que vienen y van,
esos tristes recuerdos de ayer,
hoy, qué viejos, qué sólos están,
qué olvidados, qué lejos se ven;
han dejado los pobres de ser,
ya no cuentan al mundo exterior,
son fantasmas de arrugada piel
que se mueren sentados al Sol.

Me marché
del asilo, sintiendo al pasar
que dejé
a mi espalda, su quieto mirar,
el latir
de su vida, diciéndome adiós,
el gemir
de sus ojos, también por los dos.

Qué impresión
el salir y a la calle volver,
al reloj,
a la prisa, al luchar, al correr,
y pensar
que al asilo algún día volveré
y una más
de esas pálidas sombras seré.

Esas sombras que vienen y van,
esos tristes recuerdos de ayer,
hoy, qué viejos, qué sólos están,
qué olvidados, qué lejos se ven;
han dejado los pobres de ser,
ya no cuentan al mundo exterior,
son fantasmas de arrugada piel
que se mueren sentados al sol.

Esas sombras que vienen y van,
esos tristes recuerdos de ayer,
hoy, qué viejos, qué sólos están,
qué olvidados, qué lejos se ven;
han dejado los pobres de ser,
ya no cuentan al mundo exterior,
son fantasmas de arrugada piel
que se mueren sentados al sol.


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