En esa hora tranquila del momento
cuando a solas se queda el sentimiento,
miré pasar las penas y sabía
que aquella del final era la mía.
Sombría, aquella pena parecía
seguirme con la noche y con el viento,
y sobre mi cabeza pretendía
querer anochecer mi pensamiento.
Y yo volví a perderla y alejarla
haciendo de mí mismo, pirueta,
cabriola, torbellino, marioneta...
mas supe que aunque pude rechazarla,
la pena, cualquier noche, volvería,
porque no era de nadie, sólo mía
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